Hoy, pensando en la vida, me detuve en la noche a reflexionar. Pensé en lo larga o corta que puede ser, en lo frágil que resulta cuando menos lo esperamos. En medio de esos pensamientos, la vida misma me ha enseñado algo esencial: hay que disfrutar al máximo cada instante y sentirnos orgullosos de lo que hemos podido aportar a la sociedad, a lo que amamos, a lo que hacemos con pasión, con trabajo y con esfuerzo.
¿Alguna vez te has preguntado si eres feliz con lo que has construido hasta ahora?
Tal vez tienes 30 años, o más de 30, quizá rozas los 40. Desde que empezaste a trabajar has luchado por salir adelante. Algunos, a esa edad, ya tienen casa; otros no. Unos son empleados, otros independientes; hay quienes lograron títulos, cargos o reconocimiento, y otros siguen en el camino. Pero todo llega a su momento, aunque a veces no lo comprendamos.
La vida no se mide solo en logros materiales ni en dinero. La verdadera riqueza está en aprender a disfrutar el instante, tengamos mucho o tengamos poco. Disfrutar a nuestros padres mientras aún están, recordar la niñez, vivir la juventud, cuidar el amor, las ilusiones, los triunfos y también aceptar lo que somos hoy.
Pensamos poco en la vejez, pero llegar a ella no es seguro. No sabemos el día ni la hora en que termine nuestro viaje por esta tierra. Vivimos atrapados en el corre-corre diario, tan ocupados sobreviviendo que olvidamos vivir. Se nos pasan los días sin darnos cuenta: sin agradecer un amanecer, sin abrazar a quienes amamos, sin detenernos a sentir.
La vida es una ilusión incomprendida. Duele ver partir a personas tan jóvenes, gente buena que quizá no merecía un final trágico o violento. Y entonces surge la pregunta que nadie sabe responder: ¿la vida es justa o injusta?
¿Por qué los buenos parecen durar tan poco, mientras los malos permanecen y viven tantos años?
No lo sé. Nadie lo sabe.
Solo queda una certeza: la vida es frágil, efímera y, por eso mismo, valiosa. Vive, disfruta, abraza, perdona y ama. Porque mañana puede ser tarde… y hoy, hoy todavía estamos aquí.
Por Jorge Camargo